18 de septiembre de 2010

Salgamos a correr

En realidad a mí nunca me gustaron los deportes ni ningún tipo de actividad física, pero cuando era chiquita mi madre insistió en que yo hiciera algo así.


Desde el principio mamá descartó el hockey porque tenía la teoría que yo iba a vivir con las canillas moretoneadas y que me podían romper los dientes de un bochazo. No fue necesario que fuera a hockey para romperme las dos paletas frontales pero esa, es otra historia. 
 También pensó en natación pero decía que me iba a salir una espalda gigante y que entre mi altura y la espalda iba a parecer un travesti. Tampoco fue necesario que la natación me hiciera travesti, ya con mi altura y un par de tacos lo parezco. 
 Entonces se inclinó por las danzas. La española no le gustaba porque...nadie sabe por qué. Entonces nos fuimos para el área de las clásicas. Allí fue Galita a danza clásica. Poco me duró porque la maya me hinchaba las pelotas, mis compañeras eran unas idiotas y mi maestra decía que yo no coordinaba. Obvio que no coordinaba, ni siquiera me interesaba. Sin embargo una conocida de mi mamá insistía en que yo tenía que seguir porque "con esas piernas podía terminar bailando en el Colón":


"Un poquitito de fuerza en el empeine, un poco más de volumen en las pantorrillas y vas a ser como Paloma Herrera", exclamaba cada vez que la cruzábamos en peatonal Córdoba.


Al día de hoy, 16 años más tarde, me la encuentro y me dice que mis piernas son un desperdicio y que si yo hubiera seguido su consejo ahora podría estar bailando con Iñaki Urlinoséquémierda ó podría...

Conocida idiota de mi mamá: "...Ó podrías estar bailando con mi hija, te acordás de mi hija? Ella hacía danza en la misma clase que vos y ahora está bailando en el Maipó con Gasalla".


Ó podría estar revoleando plumas en un teatro de revista en calle Corrientes. Que envidiiiiiia!!


Por suerte me avive pronto y abandoné las danzas. Mi madre, entonces, preocupada por una posible mal formación en mi cuerpo insistió que probara con otras actividades deportivas pero ya era demasiado tarde...



Un día, en 7mo grado, jugando al quemado en la hora de gimnasia, Santiago Torres me tiró la pelota con tanta fuerza a la cara que, además de romper mis lentes de nerd, me hizo un interesante moretón en la cara. Y esa fue la última vez que tuve relación con una pelota.

Nunca más quise hacer nada que involucrara una pelota. 
Al mejor estilo Daria, cuando en la escuela hacíamos algún deporte con pelota y esa pelota se dirigía a mi, yo la esquivaba como las mejores. 
Nadie quería tenerme en su equipo de voley, de handball, de fútbol porque yo no atajaba pelotas, las evitaba y chillaba.


Luego de ese incidente mi mamá renunció a la posibilidad de que yo alguna vez hiciera deporte y comenzó a inclinarse porque fuera al gimnasio para que después no me quejara de que tenía chicha, poco culo, piernas flacas, etc etc etc, como me quejo ahora. 
Fui...2 meses al gimnasio, me aburrió y nunca más volví. No me gustaba transpirar, no me gustaba usar jogging, no me gustaba que la mina estuviera a los gritos diciendo: VAMOOS CHIIICAAAS QUE ASÍ NOS PONEMOS "MONAS" PARA EL VEEEERAAAANO! y que de fondo se escuchara un punchi punchi punchi constante. 


A lo que voy es que nunca hice actividad física en mi vida, nunca me gustó hacer deportes, nunca fui lo suficientemente competitiva como para que me interesara pertenecer a un equipo de nada, después de los 12 años le adquirí un temor impresionante a las pelotas (y por asociación a los deportes que las contuvieran), nunca supe seguir una coreografía como para pertenecer a un grupo de baile, nunca tuve ritmo, nunca quise tenerlo. No me gusta el gimnasio, cada vez odio más a los idiotas que comen chicle y caminan hacía ningún lado y no tolero a una boluda que me dice que tengo que fracturarme el cuello para que me entre el bikini en el verano.

Pero tengo que reconocer que también odio que me cuelgue la piel de los brazos a los 21 años, que no llene un puto jean en la parte de atrás, que tengo patas de gallo y dos flotadores que me salen a los costados de la panza. Pero nunca he hecho ni que querido hacer algo al respecto hasta que ayer...

Amiga Aniela: Che, estuve pensando que ahora que se pone linda la temporada y que vivimos a 3 cuadras, podríamos salir a correr a la mañana!


Yo: JAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAaaa!!!!!!!!!!!!!!!!!!Correr? Yo? a la mañana? jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa


Aniela: No podes ser así! Tenes que hacer algo! 


Yo: Sí, camino, camino al trabajo, camino a mi casa, y si mi facultad no estuviera a 80 cuadras, también caminaría hasta allá! 


Aniela: Te va a hacer bien, además con el solcito, a la mañana, por el parque.


Yo: No me veo con calzitas a la rodilla, gorrita de nike y el ipod que no tengo


Aniela: Dale, hacemos nuestro propio estilo


Yo: Pero yo corro 50 metros y me empieza a doler el bazo boluda


Aniela: Es hasta que te acostumbras. Dale!!


Yo: Bueeeeno...tenes razón, pero podemos caminar en vez de correr?


Aniela: No


Yo: Bueeeno, podemos caminar al principio y correr al final?


Aniela: No


Yo: Bueeeeno! Pero tengo que adquirir entrenamiento! Empezamos caminando, después trotando y ya después empezaremos a correr!


Aniela: Ok


Yo: Y me vas a tener que llevar de los pelos, porque yo sola no voy a tener la iniciativa NUNCA.


Aniela: Sip, no te preocupes te voy a llevar de los pelos.


La conversación siguió y después de mucho esfuerzo logré convencer a Aniela de que comenzáramos la semana siguiente porque esta semana "estaba muy ocupada como para salir a hacer esas cosas". Pero conociendo a mi amiga, estoy segura que la semana entrante no voy a tener escapatoria y que la voy a tener todas las mañanas pegada al timbre de mi casa para llevarme a correr. 



Cuánto duraré?


Hagan sus apuestas!

11 de septiembre de 2010

A las 7 y media

Luego de una incansable búsqueda por la tira, no pude encontrar aquel chiste de Mafalda para acompañar esta narración.
Tendría que buscar en mi desvencijado "Toda Mafalda", chiste por chiste hasta encontrarlo pero estoy segura que me quedaría leyendo todos y nunca acabaría mi misión.


El chistecito que busco es aquel en que una noche Mafalda y Guille se acercan a su padre y le dicen que ya casi es la hora en que su madre, Raquel, les pregunta cada día que quieren comer y ellos, como siempre, no sabrían que contestarle. Entonces los tres, en puntitas de pies, se escapan del departamento y se van a las escaleras para evitar la frecuente pregunta. El chiste finaliza con Raquel asomándose desde la cocina y quedándose con las palabras en la boca al ver que no está ninguno de los tres y dice "Cobardes".


Hasta hace casi un año, todas las noches a las 7 y media sonaba el teléfono de mi casa y yo, que en esa época sí lo atendía, me encargaba de tomar la llamada. Todos los días era Silvio que decía que estaba volviendo de la carpintería y preguntaba que queríamos comer mi mamá y yo. Todas las noches yo decía que no sabía y la comunicaba a mi madre quien me seguía la corriente y respondía cosas como: "Lo que quieras vos", "Me da lo mismo", "Lo que te dé menos esfuerzo". Yo, por mi parte, previamente ya había dicho exactamente lo mismo. 


Todas las noches a las 7 y 25 yo recordaba aquel chiste de Mafalda y esperaba la hora de atender a Silvito. Me acuerdo que un día, mientras él cocinaba y yo le charlaba, le conté esa situación y él dijo: "En vez de irse a la escalera, un día vos y tu madre no me van a atender más". Jamás hicimos eso y seguimos todas las noches atendiendo y diciendo lo mismo una y otra vez. Él seguía soportando nuestra indecisión e improvisando cada día una nueva y novedosa cena. 


Anoche a las 7 y media sonó el teléfono y sin saber por qué, yo que no lo atiendo nunca, corrí y tomé la llamada.


Por una mínima fracción de segundo antes de que me contestaran del otro lado, creí que quien contestaría sería Silvio preguntando que queríamos comer.


Y anoche, justo anoche, yo sabía que quería comer.