14 de noviembre de 2009

Una historia de amor de tercera posición


Se conocieron en un proceso de noches rosarinas con mucho alcohol y música. Comenzaron con unas miradas discretas, luego unas menos discretas, después unas miradas obvias, y fue necesario que ella amenazara con un novio para que él se hiciera cargo de la situación y se presentara oficialmente como un pretendiente.

Primero fueron unos besos, luego unos cariños escritos y más adelante cada uno se animó a decirse un "te quiero". Ella siempre fue la más fría de los dos, la más distante y hasta un poco desinteresada. Él, con una personalidad de Romeo, era capaz de escalar murales con enredaderas y dar serenatas a un balcón con reja del 5to piso.

Anacleta, la protagonista de esta historia, a veces bajaba la guardia y en frente de todos de sus amigos, abrazaba a Miguel, (su enamorado) le estampaba besos por las mejillas y lo miraba enamorada por tiempo infinito. Él, siempre atento, controlaba todos los movimientos de ella cuando salían juntos y se ponía muy celoso si Anacleta hablaba con muchos muchachos.

Los primeros meses fueron casi como una película de amor pero sin conflicto. Paseaban por los adoquines del teatro El Círculo en bicicleta y se reían cuando les temblaba la voz al pasar rápido por encima de ellos. Iban al cine y no miraban la película para poder seguir hablando y hacían eternas caminatas a la madrugada por calle Córdoba. Todos, optimistas, apostábamos a la flamante pareja.
Pero, existía un problema en Miguel que Anacleta no podía tolerar: Miguel era militante en un partido político que alguna vez se hizo pasar por populista y no podía tener una conversación que no incluyera hablar de su militancia.

Al principio, Anacleta como flamante novia, aguantó los discursos políticos de su novio, sus sueños de "revolución" y hasta tolero que él apoyara al gobierno de turno. Pero luego, la paciencia se le fue acabando y hacía oído sordo a los cuentos de su pareja e intentaba cambiar de tema constantemente. Miguel, por su parte, empezó a notar que Anacleta ya no lo miraba con ojos de enamorada ni lo escuchaba atenta por horas. Al contrario, la veía soplarse el flequillo, mirar distraída a los perros que paseaban y muchas veces suspendía las citas con él para ir a tomar mate al parque con las amigas.

Miguel en un intento desesperado de no perder a Anacleta se enojó, reclamo atención y exigió cariño, pero lo único que consiguió fue que Anacleta se enojara más que él y se distanciara un poco más. Con el tiempo Miguel dejó de ser un morochito con bicicleta simpaticon y pasó a ser una fiera enfurecida con mezcla de perro convaleciente. Pasaba de enojos interminables a lagrimeos húmedos y llantos que parecían mares. Su novia, fría y distante como era, no sabía como consolarlo y hasta le molestaba su conducta, sin embargo, había algo en Miguel que la atraía infinitamente.

Una noche de verano Anacleta salió con sus amigos y se embriagó seriamente. Clamó por la presencia de Miguel y él, con su bicicleta, salieron al rescate. Él la llevó a su casa, la acunó, la mimo y ella entre frases incoherentes y baba le pidió que le hablara de su líder político. Miguel contento le narro anécdotas donde su general peleaba contra la oligarquía y daba batallas obreras. Anacleta reía contenta, le hacía preguntas que se iban de contexto y le daba muchos besos. Esa noche Anacleta, ebria, sintió que el amor le volvía al cuerpo. Amaba a Miguel y no quería estar sin él.

A la mañana siguiente, Anacleta despertó resacosa pero feliz, iba abrir los ojos y a su lado su enamorado estaría tan feliz como la noche anterior. Los problemas habían pasado, y ahora gracias a una noche de alcohol, la alegría había vuelto. Pero cuando miró al otro lado de la cama, no había nadie. Se arrastró entre las sábanas y vio a su novio durmiendo en el sillón del living. Todavía animada fue y lo despertó con un beso. Pero él giro la cara y comenzó a mascullar insultos. Estaba enojado porque ella había roncado toda la noche, había hablado sola, lo había pateado y lo había empujado de la cama hasta tirarlo.

Anacleta no pudo aguantarse y largó en llanto. Agarró sus cosas y salió de la casa, corrió unos 200 metros y se sentó en el cordón de la vereda a ver como sus lágrimas se secaban en el pavimento. Cuando miró a su alrededor todavía había restos de basura de una noche de sábado glamorosa. En la calle, desparramados, estaban los vasos muertos que alguna vez contuvieron fernet y otras bebidas. Entonces miró más detenidamente y pudo observar que al lado de su zapatilla izquierda había una petaca vacía de Whisky berreta. La tomó con sus manos, vio la foto de un toro raquítico y paró de llorar. Tenia la solución a su crisis de pareja.

Esa noche volvió a la casa de Miguel y él la recibió con lo ojos llorosos y soplándose los mocos con un pañuelo de papel. Detrás de él había una pila de pañuelos usados sobre la mesita ratona y Titanic en el televisor. Anacleta revoleó los ojos intentando que la patética escena pasara rápido y sin hablar del tema de la mañana le dijo de cenar comida china.
Él se animo, pidió la cena y hablaron toda la noche. Cada vez que Miguel se distraía, Anacleta agarraba una petaca de whisky y le daba unos tragos largos. A la medianoche Anacleta bailaba al compás de un regeatton y Miguel ni notaba la borrachera de su novia. Otra vez eran felices.

Anacleta se acostumbró a tomar antes de ver a Miguel y antes de que él abriera los ojos a la mañana. Guardaba la petaca debajo de la almohada y empezaba a beber a media mañana para que cuando su novio despertara mal humorado, ella ya estuviera demasiado ebria como para iniciar pelea. La petaca berreta con el toro raquítico se volvió casi el 3er integrante de la relación.

Un día nuestra protagonista descubrió que su problema había llegado muy lejos y decidió ponerle fin a la relación aunque Miguel llorara, pataleara y rogara por otra oportunidad. Su salud estaba antes que el novio militante. Tomó valor y se interno bajo su propia voluntad en REHAB, como si fuera una actriz hollywoodense.

Anacleta salió de rehab poco tiempo después e inmediatamente conoció otro muchacho. Un chico flacucho apodado Mister Bigotines, trompetista en una banda reggeea y adicto a la marihuana. Ahora, Anacleta es adicta al porro para poder sobrellevar su nueva relación amorosa y aguantar a su nuevo novio que según ella es "muy aburrido, habla lento y se olvida las cosas".

Se dice que Miguel se volvió adicto al whisky berreta con foto de toro raquítico y bebió tanto de esa sustancia que murió poco después de cirrosis, pero esos son rumores que dicen sus ex compañeros de militancia resentidos que no quieren aceptar que Miguel no pudo seguir militando después que Anacleta lo dejó.


Cualquier similitud con la realidad. Es pura coincidencia....

5 comentarios:

Pura Suerte dijo...

Genial.

"Anacleta es adicta al porro para poder sobrellevar su nueva relación amorosa y aguantar a su nuevo novio que según ella es "muy aburrido, habla lento y se olvida las cosas".

Jajaja! Escupí el café con eso!

herr professor dijo...

ni alcohol ni marihuana: yo tengo la unica solucion:

COJER.

Cojer todo el dia hasta que nmo queden ganas de pelar.

pero no estoy exagernado! nmonono:
cojer cojer y cojer.
Hola miguel hola ana
beso

y ya estan desnudos

terminan, comen algo, se fuman un pucho
y ooootra vez.
se quedan sin ganas, y no se ven hasta dentro de unos dias..

asi se llevan las relaciones.

atentamente

Dr. Walter

angelical dijo...

recuerda herr profesor que el sexo es la causa y la solucion a todos nuestros problemas...sisi, igualito al alcohol
gala este tendria que ser un capitulo de sex and the city
esta mr big y todo jajaajaaaaaaaaaaaaa

juliju dijo...

todo en exceso es malo para la salud.

yo que anacleta dejaria de elejir novios con problemas y le prestaria atencion a otra cosa.

herr professor dijo...

vos no sos quien para decir lo que anacleta tiene que hacer. Si a ella le gustan los tipos sensibles, es problema de ella.

atte Lic. Walter.