23 de octubre de 2009

Humberto, el intelectual


Mi infancia siempre estuvo rodeada de intelectuales fuma pipa y divagadores debido a los universitarios amigos de mi mamá.

Como mi familia es muy pequeña (consta de mi madre y yo), nuestros viernes o sábados por la noche no eran asados familiares con chicos correteando alrededor de la mesa, sino cenas en casa de uno que otro amigo bizarro de mamá.

Me acuerdo, particularmente, la casa de Humberto. Humberto era un hombre alto, canoso de pelo y barba y con voz de macho cabaretero. Era un solterón atorrante y siempre salía con alguna mujer ignorante 8 años menor que él que no entendía nada de lo que uno decía pero igual se reía como tonta y flameaba su hippie cabellera. Usualmente eran unas flaquitas divorciadas que estaban pasando por una etapa freak pos divorcio, con nuevas experiencias y se babeaban por un intelectual con dos neuronas y un habano. Siempre tenían algún hijo chiquilin (pero más grande que yo) que nunca podía venir a las cenas porque estaba con el papá o se iba a los bailes del colegio. Es decir, no había forma que yo me codeara con gente de mi generación en esas noches de verano llenas de humo de tabaco.

Humberto vivía en un departamento de calle Paraguay cerquita de la plaza Pringles. Era un sucucho con olor a libro mezclado con whisky y cigarrillo. Las paredes casi no se veían porque las cubrían estanterías con libros de gente desconocida. Casi todos estaban maltrechos, descuidados, muy sensibles y con mucha cinta scoch de muletilla. Si los abrías casi todas las dedicatorias eran de alguna mujer con una seductora letra cursiva y siempre tenían fecha de Mayo Francés.
No había sillones, sino una gran cantidad de puffes de cuero marrón curtido por los años desparramados en el suelo. La alfombra era de lana y tenía alguna desconocida figura y en los pocos espacios de pared donde no estaban los libros, había unas fotos enmarcadas en vidrio de alguna peluda mujer desnuda con frases al pie que mi lengua se enredaba si las intentaba pronunciar.

El comedor improvisado de Humberto era una pequeña mesa de esas que hay en los bares y tenia unas cuantas, pero prolijas, manchas de taza de café. La iluminación de la casa siempre era escasa. Provenía de alguna lámpara de pie ubicada en un rincón y otra sobre la mesa con una pantalla que opacaba aún más la poca luz.

Nunca comí nada rico en esa casa, los menues siempre eran creaciones exóticas por parte de la novia de turno que intentaba hacerse la bohemia preparando "exquisiteses" con mariscos, vitel toné y verduritas hervidas. Todos elogiaban y comían mientras tomaban vino en grandes copas que parecían una pecera y de fondo se escuchaba una que otra música del mediterraneo.

Al finalizar la cena, el público le suplicaba a Humberto que sacara de la desvencijada y polvosa biblioteca su último libro de poesías, 
que siempre tenia de tapa un dibujo en birome negra, y leyera algún pasaje de amor. El silencio se hacía inmediato y todos pegaban ojos y oídos al poema de Humberto. Él fingía modestia pero disfrutaba revolver el vino y leer apasionado poemas mientras los hombres se lamían los restos de vino tinto del bigote y las mujeres enrollaban sus rulos largos y pestañeaban risueñas. 

Después del helado
 con gustos borrachos y aburridos, la cena se volvía pesada: Los comensales se pasaban de tragos y el humo se volvía espeso y asfixiante. Las risas se volvían viciosas y los ojos se ponían rojos. Pero el vino nunca se terminaba. 

Ahí era cuando mi mamá me rescataba del viejo puff. Se acercaba despacito a mi cama improvisada, me acariciaba la frente transpirada para despertarme, me daba una sobria sonrisa y me clamaba por huir. Juntas, escapábamos de la cena intelectual y nos íbamos a otra heladería pidiendo, esta vez, un helado de verdad.

7 comentarios:

Pura Suerte dijo...

Sabés transmitir muy bien las sensaciones de la infancia...

Laurita dijo...

¡A Humberto le vendo miel!

A su casa fui el sábado que fuimos a Alberdi jajaaaaaaa

¡No lo puedo creer! Asssssssí de chiquito es el mundo...

La última vez que me llamó le dije que estaba entrando a la cancha y me dijo "¡¡vaaaaaaaaaamos!!" A partir de ahí, es el favorito en la lista de mis compradores.

juliju dijo...

che pero los mariscos, el vitel tone y las verduritas hervidas SON muy ricas.
yo me acuerdo que ir a comer a lo del tio guille (amigo de mi viejo y mi pediatra) era horrible, a mi me encantaba la comida que comian los grandes, pero como la mujer es una de esas que creen que los chicos JAMAS deben comer junto a los mayores nos hacia comer otro menu (mas feo) y en la cocina. ¬¬

herr professor dijo...

ahhhh si julia tiene esas verduritas hervidas cuando vas a la casa...

che toy sintiendo algo muy rtaro, una especie de vertido...

lo juro me esta pasando ahop
es como que la silla se esta yando para arriba. toco el suelo pero no lo toco. la silla se va para arriba pero yo me voy para abajo (paradojicamente ya que estoy sobre la silla)...

se los juro!

tengo miedo...

herr professor dijo...

la sensacion no se va...

juliju dijo...

larga las drogas jereeee

tiz.nav dijo...

Que lindo gesto de Livia!!!! Otra que es tierna de vez en cuando (no más seguido que vos!)