24 de septiembre de 2009

Bizcochito

Oficina de defensa al consumidor - 13:55 horas - 18 de Septiembre de 2009 - Mambru se fue a la guerra que dolor que dolor que pena

Entré y una mezcla de olor a café con libro viejo concentrado me inundó. Había 3 viejecitas con cara de empleada pública distribuidas en diferentes escritorios maltrechos por todo el lugar. Y se comentaban diversos chismes de oficina:
Vieja namber one - Entonces yo le dije que no puede ser que deje siempre todo sucio, esto es como una comunidad. Más cafecito Miriam?
Vieja namber two - Dale, claro, lo que pasa es que ella es una nenita mimada que trabajaba en distrito centro y ahora no entiende que cuando a una la transfieren las cosas cambian.

La conversación fue interrumpida por mi presencia pero se zafaron de mi mandándome a sentar en una sillita cuasi destartalada. Mi sillita, que apenas se mantenía, apuntaba al escritorio de otra "señora mayor" que tenia el pelo teñido de un colorado dudoso y un batido fracasado de los '50 que se había convertido, debido a que los auriculares le aplastaban la cabeza, en un batido derretido.

La mujer le gritaba sin escrúpulos a un pobre diablo del otro lado del teléfono. Cortó abruptamente y luego de un largo y estrepitoso suspiro me clavó los ojos y me dijo que me sentara en otra sillita cuasi destartalada de su escritorio.

El escritorio de Lina (la vieja con el pelo batido y de color colorado dudoso) era un rejunte de viejos recuerdos de cumpleaños de 15 de alguna que otra sobrina. Esos souvenirs de colores rosa intenso que después de que les diera mucho tiempo el sol quedaron de un rosa pálido y casi tan deprimente como el recuerdo en sí mismo. Usualmente son flores artificiales con perlas incrustadas y cintas bebé que los envuelven. Pero ahora, son sólo tristes pedazos de plástico recubiertos de una fina capa de polvo.

Las paredes de la oficina improvisada de Lina estaban recubiertas de dibujos con garabatos en mil colores de algún que otro nieto que ella denominaría como: "todo un artista" que se iban despegando mes a mes de la pared llevando consigo la cinta scocht y también la pintura de la misma. El resultado de este enchastre es una pared llena de huecos de pintura, con polvo sobre lo que era el pegote de la cinta y los colores de los dibujos ya casi desteñidos.

Por último, el mismísimo escritorio de Lina era una acumulación de papeles encimados que nada tenían que ver unos con los otros. Juro haber visto un almanaque del 2006 y varios reclamos mezclados con manchas de café. Los souvenirs, como tantos otros cachivaches, habían ido invadiendo el escritorio hasta que, ahora, sólo quedaba un pequeño cuadro de 30 x 30 donde Lina desempeñaba sus tareas. En la esquina derecha inferior del escritorio estaba posado, milagrosamente con 3 patas, un pequeño elefante de porcelana pintado con el clásico estilo craqueado y en la trompa enrollada tenía metido un billete de dos pesos plegado en forma de abanico lleno, como todo, de polvo.

Estaba muy distraída mirando todos estos detalles cuando Lina, que al parecer ya me había hablado bastante sin que yo la escuchara, me miró, me escupió un poquito y me dijo:

- Necesito las facturas completas para completar el reclamo Bizcochito.

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