24 de agosto de 2009

Una foto en movimiento


Buscando un libro en un estante encuentro esta foto tan particular.

Es en color sepia, aunque ya ha perdido bastante el color, se sigue notando el tono original.

Siempre creí que, las fotos en blanco y negro o en sepia, tenían una pizca de misterio, que sin colores existe algo que no se puede contar. Además, los personajes en las fotos de este tipo siempre tienen una mirada cómplice que acompaña y decora todo el suspenso. La imagen tiene los bordes agujereados y amarillentos, estuvo mucho tiempo colgada de una chinche en un departamento de calle España. Era objeto de miradas, de todos los concurrentes a la casa, por su simpleza, tal vez. Luego, cuando los daños de la chinche causaron efecto, su dueña la retiro y la colocó en una cajita de madera. Mucho tiempo después, viviendo en otro hogar, le dio un lugar definitivo a la pequeña imagen: Sobre el estante de una biblioteca, delante de Truman Capote. Ahí, donde no se ve demasiado, pero si lo suficiente como para tener presente ese viejo y adorado recuerdo.

El tiempo la ha doblado un poco encorvando los retratados, pero, todavía se aprecia todo su esplendor.


A simple vista veo dos mujeres sentadas en una cama de una plaza. Han llegado de la playa agotadas y se desplomaron en el colchón a comentar el día soleado y a debatir por la cena. Están esperando que el hombre que las acompaña termine su ducha para salir en busca de un lugar donde comer. El atardecer es caluroso pero el viento llega desde el mar, no hay humedad y eso motiva a las chicas a enfrentar la noche. Después de la cena les han prometido ir al casino.


Una de las mujeres está acomodada en la cama del lado derecho y la otra del izquierdo. La del lado derecho es una persona adulta, se nota que tiene los ojos claros y el pelo castaño corto y con bucles. Se está rascando la frente porque le pican los lunares efectos del sol. Observa la cámara con la mirada cansada. Sus ojos reflejan un carácter muy fuerte y difícil de tratar. No quiere ser fotografiada, pero finge que lo disfruta. Intenta complacer al fotógrafo, éste le ha insistido mucho para que participe de la imagen que hoy solo es un recuerdo. Lleva puesto un pijama blanco con círculos rojos, es su preferido y lo compró exclusivamente para este viaje. Le gusta la combinación de colores y no quiere dejar de usarlo. Existe en ella algo que me hace recordar, pero todavía no puedo descifrar qué.


La mujer del lado izquierdo es claramente mucho más joven, al igual que la primera tiene una mirada cansada pero más pacífica. Tiene labios gruesos que parecen esbozar una mínima sonrisa. Ella si quiere ser fotografiada, le gusta complacer los caprichos de este hombre que es su padre. Sin embargo, la jornada de playa la ha dejado demasiado cansada como para sonreír plenamente.

La forma de la boca, el espacio muy marcado que la separa de la nariz, todo me parece tan familiar, pero no puedo asociarlo a nada. El pelo de la muchacha es largo, rubio y tiene la raya bien hecha al medio, le gusta tenerla así. No soporta el desorden, ni siquiera, en su propio cabello. Un mechón resbala por su rostro, pero no impide que se le vean los ojos oscuros. Lleva una camiseta de mangas largas arremangada y todos los dedos de sus manos entrelazados. Tiene mucho hambre y ganas de ir hacer un paseo nocturno por la ciudad playera.


Ambas están bronceadas debido al sol que no ha parado de salir desde que emprendieron este viaje. Se han sacado muchas fotos durante todos los días en casi todos los lugares que fueron visitando, el puerto, la playa, el casino, los restaurantes. El fotógrafo,un papá orgulloso y desinteresado de su persona, está fascinado de las mujeres que lo acompañan. No quiere aparecer en ninguna, sino que trata de captar cada momento de la jornada con una imagen. Él sabe, en el fondo de sí mismo, pero no lo quiere demostrar, que no necesita ninguna fotografía para recordar momentos así. Son recuerdos que siempre quedarán en él. Las fotos son solo una excusa para usar la nueva cámara que trajo de Estados Unidos. Estaba en oferta y no se resistió a traerla. “Sonrían”, repite sin parar y presiona el gatillo capturando momentos imposibles de olvidar.


La habitación, donde se encuentran las señoritas, es la de un hotel muy reconocido de Mar del Plata. Las cortinas son largas de color oscuro y tienen unos monigotes blancos. La mujer mayor las crítico sin titubeos, delante del botones, al momento de ingresar la primera vez. Las persianas son blancas y plegables. Les han sido difíciles de cerrar todas las noches, el picaporte no funciona correctamente y se traban provocando un ruido insoportable. En un rincón de la foto se observa una puerta vidriada abierta que da al balcón desde donde se ve toda la ciudad y se puede escuchar, si se pone atención, las olas golpeando contra las rocas. La más joven de las dos mujeres de mi foto, se levanta todas las noches de su cama y en puntitas de pies va hasta el balcón, abre la puerta suavemente, sale y respira muy profundo y suspira todas las veces que puede. Quiere que el olor del mar le quede por siempre en su olfato.


Entre las dos chicas de mi foto hay varios objetos tirados sobre la cama. Algunas postales que tienen las imágenes más famosas de la ciudad costera. Las compraron en el centro cuando volvían de la playa a la hora del almuerzo, todos los parientes de Rosario quieren saber como les va en las vacaciones. Hay, también, una birome que luego plasmará las anécdotas del viaje en un pedazo de cartón con foto. Por último hay, un poco alejada de las postales, una pequeña cajita de fósforos promocionales del hotel que le dieron al Papá cuando lo vieron buscar, frustrado, el encendedor de su pipa en el vestíbulo del lugar.


En la esquina de la imagen se ve la mesita de luz desbordada de objetos femeninos. Algunas pastillas en frasquitos, joyas de oro y plata colocadas de forma organizada, una lámpara que intenta ser moderna y un par de lentes que descansan sobre una novela de suspenso, perfecta para leer antes de dormir.


De nuevo enfoco mi atención en las dos mujeres. Los rasgos de sus caras, sus gestos, sus miradas. Todo es tan similar. Sus facciones tienen tanto en común pero, sin embargo, sus rostros demuestran personalidades muy opuestas. Mismos ojos, con miradas tan distintas. Mismas bocas, con sonrisas que lejos están de demostrar lo mismo.


Todas las particularidades de esos rostros siguen recordándome algo que no pude descubrir aún. Miro fijamente la foto, como si pudiera lograr que los personajes salieran de ella y me dijeran lo que estoy buscando.


Rendida, levanto la vista y me encuentro con un espejo, que me devuelve mi rostro desorientado.


Esta vez, fijo la mirada en la cara que me devuelve el vidrio. En ella veo unos ojos oscuros y penetrantes, que muestran un carácter muy fuerte y difícil de tratar. También me muestra unos labios gruesos que, si yo quiero, pueden esbozar una mínima sonrisa. Tengo el rostro cansado, y eso se nota en mis pecas, que no brillan sobre mí. Un largo pelo castaño cubre parte de mi rostro, pero permite ver mi nariz y el espacio tan marcado que la separa de mi boca.


Vuelvo a mirar la fotografía, pero esta vez la observo como si fuera un espejo y veo reflejado, en un vidrio color sepia desteñido y marcado por las chinches, dos reflejos de mí en dos generaciones.

¡Ahí están! Son mi abuela y mi madre.

Tan opuestas y tan iguales, que juntas, forman mi reflejo.

2 comentarios:

herr professor dijo...

guau todo lo que escribiste por una puta foto... drogadicta!

chulainas o chuls dijo...

es increible los parecidos que uno llega a encontrar, y no solo fisicos, en las mas minimas cosas somos tan iguales a nuestros padres y abuelos.
me gusto mucho galuchin