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¿Hiciste back up?

"¿Hiciste back up? Porque mirá que se va todo, eh", me preguntó el técnico del celular cuando se lo llevé en un último intento desesperado por hacerlo revivir. Tenía 13 meses y me había salido casi lo mismo que irme hasta Berlín a comprarlo. Fue una inversión laboral a la que le puse muchas pilas y mucho cuidado. Le compré fundita, plástico para la pantalla y me acostumbré a tantear el bolsillo del cachete izquierdo del jean con regularidad para sentir su presencia. Andaba perfecto y llegué a pensar que me entendía como nadie.

Pese a todos los esfuerzos mi teléfono falleció abruptamente hace algunas semanas a bordo de un 111 mientras escuchaba una canción de Él Mató e iba camino a verlos en vivo. Así, de la nada, se apagó y no volvió a encenderse. El diagnóstico fue falla del hardware o como le gusta bromear a los especialistas: "ahora tenés un bonito y muy caro pisapapeles".

"Sí, bah... Hay algo que no guardé, pero ya fue. Se perdió", le respondí al especi…

En la vereda de enfrente.

Vi pasar el DOT de lejos y supe que iba a terminar en cualquier parte. Me tenía que bajar del 15 antes de que cruzara la General Paz y de golpe, en una acelerada, ya estaba fuera de Capital viendo por la ventana un lugar llamado Vicente López, desconocido para mí hasta ese momento.

En Buenos Aires soy como un nene chiquito que corre divertido por la cuadra de su casa y cuando está por llegar a la esquina escucha un grito que lo frena, que le dice que el límite es el cordón, que al bajar de la vereda comienza lo desconocido: el tráfico, los autos, el manejo de la calle.

Capital Federal es mi cuadra, y sus límites, mis esquinas. Voy descubriendo sus secretos, voy descifrando la ubicación de las baldosas flojas que salpican agua cuando llueve, voy aprendiendo a caminar. La recorro y encuentro los negocios que me gustan, mis vecinos preferidos, el kiosko con los caramelos más baratos. En mi cuadra voy buscando paradas de colectivos en postes de luz y pruebo volver a casa por distintos camin…

Sacate el diablo de tu corazón

Estoy detrás de una rubia con colita y de dos chicas que tendrán unos años menos que yo. Desde la larga fila del baño de mujeres del Vorterix de Colegiales puedo ver a Lia Crucet hacer playback y tambalearse sobre el escenario. Lejos de ser un espectáculo entretenido y gracioso, ver a una mujer de 65 años con implantes a punto de explotar por sobre un corpiño de lentejuelas que se despegan, da pena y desconcierta. Desde donde estoy puedo verle hinchadas las venas verdes de las tetas.
Hace tan solo diez minutos estaba la Tota Santillán arengando a la gente para darle la bienvenida a la artista, pero ahora hay poca euforia en el público.
En la noche la Tota saldrá en tres ocasiones, hará palmas y gritará por el micrófono "eaeaeaea". Me pregunto cuánto cobra por eso. También cuánto falta para que sea mi turno de ir al baño.

No sé qué hora es ni cuántas cervezas tomamos. Siento que hace una eternidad que estoy en esta fiesta. La rubia de colita golpea con fuerza la puerta del prim…

A la hora del té.

Cada tarde, después del almuerzo, salía a caminar por su jardín. La vuelta alrededor del terreno de la casa era breve pero el paseo largo. Iba saludando a las margaritas, las rosas y los jazmines. Se tomaba su tiempo para conversar con cada una, elegir las flores que no tuvieran pimpollo para llevarlas adentro y decorar la chimenea. Al entrar en la casa el olor a madera se mezclaba con el perfume del ramo recién armado y el de su colonia, que marcaba su paso a donde ella fuera. Su pelo blanco se llenaba de hojas verdes y marrones a medida que caminaba y se enredaba con las plantas. Siempre iba de camisa de seda y pantalones claros. De grande dejó de mostrar sus piernas y los veranos se los pasaba usando prendas de lino que manchaba con gotitas de té al mezclar el desayuno con el Parkinson.

Su piel era transparente. Toda la vida lo fue. Su mamá siempre dijo que parecía de porcelana, su marido que ella era tan austriaca y él tan negrito árabe.
A las cuatro en punto pedía su reposera al s…

La última Navidad

Fue la última Nochebuena del siglo XX la que eligió Julio para decirle a mamá que la engañaba y pensaba dejarla por otra mujer. Por la vecina del piso de arriba de nuestro departamento. Por la mujer que me recibía por las tardes en su casa, para que sus hijas me usaran de muñeca a la que peinaban y vestían, mimaban y querían. Por la vecina de las cabañas de Uruguay, destino de ambas familias cada verano.
Julio nunca tuvo buena puntería para las primicias. Se entusiasmaba tanto con las cosas que arruinaba fiestas sorpresa de cumpleaños, adelantaba regalos o simplemente se iba de boca anticipando hechos que no llegaban a suceder.
Esa noche la situación, de nuevo, se le fue de las manos. Demasiado aguantó. Cinco años aguantó.

Las navidades, en general, las festejábamos en lo de la abuela, en su casa con un gran jardín y vecinos generosos que tiraban fuegos artificiales para todo el barrio. El tiempo entre el postre y la llegada de Papá Noel lo pasaba metida entre las plantas, intentando enc…

Los pasos de la costumbre

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Estoy tirada en el suelo, con la cabeza metida debajo del sommier, tratando de cazar una pelusa que se escabulle de la punta de la aspiradora nueva. Está allá lejos, a 1.25 metros de mi mano. Está agarrada a la pata de la cama y no se suelta. Ella no acepta su fatal destino y yo no acepto que una pelusa me vaya a vencer. Esta es mi casa y ninguna pelusa me va a ganar. 
Salgo de abajo de la cama victoriosa, con la frente transpirada, y le sonrío a mi gata que mira la secuencia con curiosidad, desde la comodidad de mi almohada. A esta altura más suya que mía. 
Me quedo arrodillada al lado del sommier. Me soplo el pelo que me cae sobre la cara y repaso con la mirada los rincones de la habitación en busca de polvo rebelde. Me miro y noto que tengo pegado en la ropa todo lo que acabo de limpiar.

El cansancio me vence y quedo sentada en el piso, con la espalda apoyada sobre la puerta del placard blanco. Apoyada sobre la puerta que se traba. La otra se desliza bien. Todavía no entiendo bien qué…

Cuando te fuiste

*adaptación de un email para V.

¿Cuándo empieza un viaje? 
Creo que en la proyección misma. Cuando elegís un destino, lo marcás con un círculo rojo mental, hacés la elección y de pronto deja de ser el nombre de un sitio y empieza a tener un vínculo personal con vos. Es tuyo. Ahora te atraviesa. 

Hay una adrenalina única en el botón de comprar un pasaje, en el dinero sobre el escritorio de la agencia de turismo. El tener un boleto, una fecha, convierte el viaje en algo palpable. Ya no es un sueño, es un hecho. 
Lo empezás a palpitar en la organización. Elegís los sitios a visitar, el lugar a dónde vas a parar y armás las rutas de los paseos. Mirás fotos y te imaginás ahí, en esa esquina, delante de ese pequeño café con manteles a cuadros rojos y blancos. Cerrás los ojos y estás ahí por una fracción de segundo. La ansiedad te recorre la espalda y te da escalofríos.
Vas a estar lejos de acá. Lejos de esta rutina. Lejos. En otro lugar, con otro clima, con edificios que nunca viste y caras que…