21 de marzo de 2017

En la vereda de enfrente.

Vi pasar el DOT de lejos y supe que iba a terminar en cualquier parte. Me tenía que bajar del 15 antes de que cruzara la General Paz y de golpe, en una acelerada, ya estaba fuera de Capital viendo por la ventana un lugar llamado Vicente López, desconocido para mí hasta ese momento.

En Buenos Aires soy como un nene chiquito que corre divertido por la cuadra de su casa y cuando está por llegar a la esquina escucha un grito que lo frena, que le dice que el límite es el cordón, que al bajar de la vereda comienza lo desconocido: el tráfico, los autos, el manejo de la calle.

Capital Federal es mi cuadra, y sus límites, mis esquinas. Voy descubriendo sus secretos, voy descifrando la ubicación de las baldosas flojas que salpican agua cuando llueve, voy aprendiendo a caminar. La recorro y encuentro los negocios que me gustan, mis vecinos preferidos, el kiosko con los caramelos más baratos. En mi cuadra voy buscando paradas de colectivos en postes de luz y pruebo volver a casa por distintos caminos. Hay días que salgo y voy para la derecha y otros que veo cómo es la izquierda a la misma hora, pero nunca cruzo el cordón y bajo a la calle. Todavía no estoy lista para explorar la vereda de enfrente, el Gran Buenos Aires. 

En Capital las distancias me parecen infinitas e imposibles de dimensionar. Mi cabeza piensa en metros y la ciudad me habla en kilómetros. Yo mido los movimientos en cuadras, Buenos Aires me responde en minutos en transporte público.

- Estás yendo al asado en Saavedra? -me escribió F. cuando iba arriba del 15.
-Eso intento -le respondí-, me tengo que bajar cuando vea el DOT, pero antes de pasarlo -agregué, tecleando a toda velocidad para no perder de vista el paisaje, la posible aparición del DOT, ese shopping vidriado que hasta hace poco tiempo era una de las tantas referencias que indicaban que la gran ciudad estaba empezando cuando venía desde Rosario. Ahora, la señal de que estábamos llegando a mi esquina de la ciudad.

La doble tilde se puso en azul automáticamente y el teléfono empezó a sonar.
- ¿Podés hablar? Te tengo que decir algo.
- Sí, hasta que me tenga que bajar sí. Después tengo que prestar atención y usar el mapa para ver a dónde tengo que ir.

El llamado de F. venía desde Mendoza. Otra vez estábamos lejos uno del otro, como la mayor parte del tiempo. Da igual que estemos a 300 km, entre Capital y Rosario, como siempre, que a 1000, con él en Mendoza trabajando por unos días y yo tratando de no caerme de Buenos Aires. Estamos siempre lejos y aprendemos a querernos sin pensar en eso.
Hablamos más por teléfono que de frente. Cuando nos vemos, incluso, a veces no hablamos, solamente nos abrazamos y sentimos. Al separarnos juntamos un poco de todo eso y nos lo llevamos en el bolso, tratando de dosificarlo para que alcance hasta la próxima vez.

Cuando abrazo a F. me suelo acordar de mi amigo Horacio, que hace algunos años se enamoró por Facebook de una española y se pasó un año chateando y hablando por Skype. Llegaron a tener la videoconferencia prendida todo el tiempo y cuando uno estaba en su casa y el otro no, miraban una habitación vacía al otro lado del mundo. El gato pasando delante de la pantalla, la cortina volándose por el viento, el teléfono sonando, una escena que parecía una imagen tildada cuando no estaba pasando nada. Si uno se levantaba antes que el otro, se veían dormir y se deseaban buen día aunque para el otro todavía fuera de noche.
Un día Horacio vendió todo por un pasaje a España y se fue a conocer en persona a Pilar, su novia de Facebook. Al volver me contó que cuando salió de la puerta de arribos y se vieron por primera vez, se abrazaron hasta que la familia de Pilar, que la había acompañado al aeropuerto, dejó de contar el tiempo: “Nos abrazamos y nos olimos, flaca, nos sentimos por primera vez”, me dijo Horacio abrazándose a sí mismo con fuerza.

Cada fin de semana, cuando me despido de F., soy Horacio abrazando a Pilar en el aeropuerto de Barajas. Me hundo en su cuello buscando llevarme un poco de su olor. Me gusta poner la nariz en un espacio de cuero cabelludo detrás de su oreja, un contorno preciso justo antes de que empiece su pelo negro. Lo abrazo fuerte tratando de oler el perfume de hoy y el de ayer. Me aprieto contra su cachete aunque su barba me pinche porque me quiero llevar esa picazón y que me dure siete días. Me dejo estrujar por su fuerza incontrolable de años de rugby y me quedo ahí imaginando que estamos en un aeropuerto y una voz anuncia un vuelo a un destino muy lejano.

F. no sabe todo lo que pienso cuando lo abrazo, ni que busco llevarme un poco de él que me dure hasta el próximo viaje. Hay muchas cosas que todavía no sabe porque la relación es fresca y porque yo tampoco las sé. Ahora estoy en el 15 escuchando una banda que vimos juntos y pensando en que ya lo amo, pero él todavía no sabe eso.

En el llamado F. me dice que tiene mucha necesidad de decirme cosas que hasta ahora no me dijo, que quería esperar a decírmelas en persona, pero que no aguanta más. Empieza un monólogo que hace que yo me olvide que el DOT está por llegar y que estoy arriba de un 15 yendo a un asado. Hace que me olvide que él está en Mendoza y yo en Buenos Aires. Lo siento cerca, como si estuviera en el asiento del lado de la ventana. De pronto no me importa no olerlo, no sentir su barba en mi cachete. Lo que me dice es como si estuviera dentro mío.
F. me dice cosas que nunca me dijo nadie, que nunca pensé que alguien pudiera sentir por mí, que jamás creí que quisiera escuchar. Lo dejo hablar, desahogarse, escupir todo lo que hasta ahora se guardó.
Veo el DOT pasar y pienso que voy a terminar en cualquier parte, pero no me importa. No importa que me tenga que volver desde Olivos en otro 15 y llegue al asado cuando solo sean sobras frías con la grasa seca y no quede ensalada. Quiero escuchar cada palabra que me dice F. y tratar de recordarlas, como si mi cabeza fuera un grabador. Se me pasa la siguiente parada, ya fuera de los límites de la ciudad, pero no voy a interrumpir su inspiración. Cuando cortamos estoy tan lejos que ya casi no queda nadie en el colectivo.


Me bajo, busco con la mirada el DOT y lo veo a lo lejos, casi diminuto, mezclado entre las copas de los árboles. Abro Google Maps y rearmo mi camino. Google me dice que estoy a 30 minutos caminando de mi destino, cuando la parada correcta del 15 me habría dejado a unos metros del asado. Antes de darle Play a una canción, abro WhatsApp, busco el contacto de F. y escribo: “Sos todo lo que nunca supe que quería. Te amo”. Traduzco los minutos a cuadras y empiezo a caminar.

13 de septiembre de 2016

Sacate el diablo de tu corazón


Estoy detrás de una rubia con colita y de dos chicas que tendrán unos años menos que yo. Desde la larga fila del baño de mujeres del Vorterix de Colegiales puedo ver a Lia Crucet hacer playback y tambalearse sobre el escenario. Lejos de ser un espectáculo entretenido y gracioso, ver a una mujer de 65 años con implantes a punto de explotar por sobre un corpiño de lentejuelas que se despegan, da pena y desconcierta. Desde donde estoy puedo verle hinchadas las venas verdes de las tetas.
Hace tan solo diez minutos estaba la Tota Santillán arengando a la gente para darle la bienvenida a la artista, pero ahora hay poca euforia en el público.
En la noche la Tota saldrá en tres ocasiones, hará palmas y gritará por el micrófono "eaeaeaea". Me pregunto cuánto cobra por eso. También cuánto falta para que sea mi turno de ir al baño.

No sé qué hora es ni cuántas cervezas tomamos. Siento que hace una eternidad que estoy en esta fiesta. La rubia de colita golpea con fuerza la puerta del primer cubículo y le grita a la madera que salga, que cuánto va a tardar, que no ves todas las que somos, pendeja. Otras detrás mío se suman a las bardeadas. Quiero salir de esta fila y tomar más. 



No suelo estar de acuerdo con Fito Paéz. En nada, nunca. Pero hace tres días que pienso en una de sus canciones. No me gusta nada Fito Paéz. No me gusta porque es canalla, y por un montón de cosas más.
Estoy pensando en eso y en sus rulos de la juventud 
mientras atravieso Palermo bajo una llovizna incómoda. En una esquina la mujer que va delante mío intenta cruzar la calle cuando un auto que dobla decide que tiene prioridad y se lo impide. Ella, con el brazo izquierdo, levanta su paraguas y lo sacude varias veces sobre el capot del auto. El auto no se detiene y ella tampoco. "Ey, ¿qué te pasa Buenos Aires?", pienso y tarareo a Fito.

El martes a la mañana hace un frío en Capital que es noticia con zócalo rojo en los canales de noticias. TN dice que las olas en Mar del Plata llegan a los 5 metros. La meteoróloga agita los brazos delante de la pantalla que tiene la imagen del país explicando los vientos huracanados que golpean Buenos Aires. Es ese último manotazo ahogado del invierno cuando ve que la primavera viene feliz, con una guirnalda de flores, al acecho.
Además de la lluvia finita, de esa que pincha y un frío de cagarse, hay un quilombo de tráfico camino a mi trabajo. El semáforo está en verde pero los autos no pueden avanzar. Obstruyen las avenidas, impidiendo que al menos la calle que las cruza siga funcionando con normalidad. La lógica en acción de "me cago yo, te cagás vos". Me mando a cruzar. Estoy esquivando guardabarros delanteros y traseros cuando un taxista me toca bocina marcándome el semáforo en verde: "¿qué te pasa? No es el DeLorean, ¡no podés volar!". No me entiende pero por las dudas me hace "fuck you" con su dedo del medio.

Llego a la oficina y cuando me siento en el escritorio suena mi celular. Tengo los dedos mojados del agua del paraguas así que el touch no responde a mi indicación de atender. Un número de Capital resalta sobre la pantalla. El teléfono vibra, me pongo nerviosa, atiendo con el codo:


-Hola querida, te habla Mirta de la inmobiliaria -escucho del otro lado.

-Ah, sí. ¿Qué tal? -respondo sin ganas.


-Todo bien. Escuchame, vos me dijiste que eras de Rosario, ¿eh?. ¿Y a qué venías? -interroga la señora. No la conozco en persona, pero por su voz amable y gastada intuyo que tiene más de 50 años. 


-Sí, me estoy mudando acá por trabajo. -le explico, me explico. Me convenzo. 

-¡Qué linda ciudad Rosario! ¡Me encanta! -la voz de Mirta se entusiasma.

-A mí también. -la mía no.


- El río, el parque ese del Monumento... ¡Una ciudad tan verde! ¡Esa peatonal di-vi-na! Pero nena, decime, con lo linda que es Rosario...¿¡por qué te estás mudando acá!? -pregunta Mirta con sincera intriga.

- Yo me pregunto lo mismo, señora...



27 de mayo de 2016

A la hora del té.


Cada tarde, después del almuerzo, salía a caminar por su jardín. La vuelta alrededor del terreno de la casa era breve pero el paseo largo. Iba saludando a las margaritas, las rosas y los jazmines. Se tomaba su tiempo para conversar con cada una, elegir las flores que no tuvieran pimpollo para llevarlas adentro y decorar la chimenea. Al entrar en la casa el olor a madera se mezclaba con el perfume del ramo recién armado y el de su colonia, que marcaba su paso a donde ella fuera. Su pelo blanco se llenaba de hojas verdes y marrones a medida que caminaba y se enredaba con las plantas. Siempre iba de camisa de seda y pantalones claros. De grande dejó de mostrar sus piernas y los veranos se los pasaba usando prendas de lino que manchaba con gotitas de té al mezclar el desayuno con el Parkinson.


Su piel era transparente. Toda la vida lo fue. Su mamá siempre dijo que parecía de porcelana, su marido que ella era tan austriaca y él tan negrito árabe.
A las cuatro en punto pedía su reposera al sol y las secciones del diario que no hubiera terminado con el desayuno. A veces solicitaba, también, una mesita con una tijera para recortar los artículos que le parecían interesantes. Sus suplementos preferidos eran las de Ciencia, donde leía mucho sobre los avances científicos y descubrimientos en el área de la Arqueología, para su hija. Con la tijera y la mesita siempre venía la carpeta azul donde guardaba los artículos por categoría. 

Al ratito sus mejillas ya tenían un tono rosado. 
A las cinco pedía que le llevaran el té al sillón de la galería. Tres galletitas de agua con queso crema y jamón en fetas, una taza grande de té con leche descremada y algún número del Reader Digest que hubiera en la biblioteca del segundo piso. Sus preferidos eran los de la década del 70' cuando Selecciones empezó a sumar más cuentos y ya no tanto artículo pavote para la ama de casa. 
La taza de loza era del mismo color que su contenido y tenía florcitas color naranja pintadas a mano. Al primer contacto con ella, parte de su contenido se volcaba sobre el platito formado un círculo perfecto de té en el centro, guiado por la marca en la base de la taza. El té se perdía en el color de la loza y el accidente quedaba olvidado. 
Sus ojos azules, casi grises, se posaban de nuevo en la lectura y la tetera se enfriaba.

Cuando las chicharras empezaban a cantar y la luz del día se escondía entre las hojas del lapacho se levantaba del sillón y dejaba a su lado derecho la revista y los lentes de marco transparente.
Antes de atravesar la gran puerta de roble para meterse en la casa hasta el día siguiente se daba vuelta, se erguía como casi nunca podía hacerlo, daba una gran bocanada de aire y al exhalar repasaba con su mirada el jardín mientras una sonrisa dejaba a la vista sus dientes blancos como la porcelana.  

7 de enero de 2016

La última Navidad


Fue la última Nochebuena del siglo XX la que eligió Julio para decirle a mamá que la engañaba y pensaba dejarla por otra mujer. Por la vecina del piso de arriba de nuestro departamento. Por la mujer que me recibía por las tardes en su casa, para que sus hijas me usaran de muñeca a la que peinaban y vestían, mimaban y querían. Por la vecina de las cabañas de Uruguay, destino de ambas familias cada verano.
Julio nunca tuvo buena puntería para las primicias. Se entusiasmaba tanto con las cosas que arruinaba fiestas sorpresa de cumpleaños, adelantaba regalos o simplemente se iba de boca anticipando hechos que no llegaban a suceder.
Esa noche la situación, de nuevo, se le fue de las manos. Demasiado aguantó. Cinco años aguantó.

Las navidades, en general, las festejábamos en lo de la abuela, en su casa con un gran jardín y vecinos generosos que tiraban fuegos artificiales para todo el barrio. El tiempo entre el postre y la llegada de Papá Noel lo pasaba metida entre las plantas, intentando encontrarlo antes de que pudiera dejar los regalos en la chimenea. La abuela hacía cortar y regar el césped ese mismo día para que el aroma de la poda se mezclara con el de las hojas del lapacho y la humedad que traía el río, a una barranca de distancia. Se llenaba de bichos de luz que se mezclaban con las cañitas voladoras verdes que anticipaban la medianoche. Los pies se mojaban con el rocío y los pedazos de pasto se pegaban a los zapatos, dejando de color verde las sandalias nuevas que me había comprado la tía. 

La última Navidad del siglo XX la pasamos en la casa de unos amigos de mamá en un barrio alejado de la ciudad. Los Menéndez tenían un portón de algarrobo macizo y una doberman que controlaba la entrada. Robaban mucho por esa zona así que habían entrenado a la perra para que se comiera cualquier cosa que no entrara por el portón ni fuera recibido con sonrisas.
El patio de los Menéndez era de cemento y del tamaño de tres mesas de ping pong. Tenía un cuadrado de césped del que salía un pino de tronco delgado y largo al que le habían colgado un aro de basquet. Esa noche los Menéndez habían mojado el cemento para refrescar el piso. El patio olía a calor mojado y resbalaba un poco. Era divertido ver a la dueña de casa cargando la fuente de vitél toné y desafiando la ley de gravedad con las chinelas de plástico sobre el piso húmedo mientras le gritaba a sus hijos que dieran una mano. La mesa del comedor estaba afuera y se completaba con un tablón y sillas de plástico. La hilera de sillas que le daban la espalda al recuadro de césped estaban reservadas para los adolescentes, los de huesos resistentes, por si calculaban mal al levantarse y caían contra el pino.

Siempre disfruté ver los ambientes alterados por la falta de mobiliario. La casa de los Menéndez cambiaba por completo al desarmar el comedor, el epicentro de la vida familiar. Las gomas de las patas quedaban marcadas en las baldosas blancas y la pared, de empapelado con palmeras, tenía una larga marca negra a la altura de donde el respaldo de las sillas de metal golpeaba millones de veces por día.
Los Menéndez nunca usaron mucho el living. Tenía una distribución incómoda, los muebles miraban a una chimenea que nunca se encendía y no había televisor. Parecía estar armado por una mera formalidad con el arquitecto que diseñó los espacios. Tampoco usaban la puerta principal, así que el living no servía ni siquiera de recepción. Entrábamos bordeando la casa, atravesando el garage y yendo directamente a la cocina, que conectaba por una puerta plegable de plástico al comedor, ahora desnudo. 
El árbol de Navidad, sin embargo, estaba armado en el living. En un rincón contra la ventana que daba a la calle y sobre la mesa del teléfono, con la guía telefónica de base para elevarlo un poco más. Era un arbolito sencillo, raquítico, de adornos comprados en el supermercado y con luces que no aguantaban ni una fiesta completa. La estrella de la punta era demasiado pesada para el pino de plástico y se inclinaba hacia un costado, como un girasol cuando es de noche. 
El 24 al mediodía la dueña de casa mandó a su hijo mayor a comprar un nuevo juego de luces para que durante la cena el árbol estuviera encendido. Esa noche, en un living desierto, el árbol se prendía y se apagaba. Tenía un solo adorno destacable, distinto al resto, comprado en otro lado. Era una bola transparente con el dibujo de unos renos pintados en blanco. Tenía salpicaduras del mismo color que simulaban ser nieve. La señora Menéndez le daba especial atención a ese adorno. Lo ubicaba al frente del árbol y se preocupaba de que una luz le diera justo atrás. Cada vez que las luces se encendían, los renos se volvían rojos, verdes o blancos y parecían estar en movimiento y tirando del trineo. 

Fue esa noche que Julio confesó su infidelidad. Julio nunca fue un tipo muy atinado. Como un niño, se dejaba llevar por los impulsos e irrumpía con sus caprichos cuando quería.
Esa noche, cuando los fuegos artificiales anunciaron las doce y todos elevamos las copas con champagne y gaseosa, justo cuando mamá le iba a dar un beso, el teléfono de Julio empezó a vibrar sobre el mantel de flores y mamá ya no quiso besarlo. Miró a Julio con cara de desesperación y él no le devolvió la mirada. Con vergüenza miró el teléfono, que seguía vibrando, y bajó la copa hasta que su contenido comenzó a volcarse sobre el mantel y a derramarse encima de las sobras del plato, que empezaron a flotar sobre el líquido espumante. 
Mamá se metió a la casa de los Menéndez y Julio la siguió. 
Esperé a que volvieran para que viéramos los fuegos los tres juntos, como cada año, como toda la vida, pero ninguno salió. Al rato la señora Menéndez entró y yo la seguí. Entré a la cocina, atravesé el comedor sin muebles, pisé a propósito donde debería estar la mesa, desafiando el destino de los espacios. Crucé el living y vi el arbolito a oscuras con los regalos apoyados sobre la mesa del teléfono. Las luces ya se habían roto de nuevo. Seguí por el pasillo hasta llegar a la pieza de los Menéndez. Sobre la cama matrimonial estaba mamá recostada, con la mirada perdida y respirando con dificultad. La señora Menéndez la abanicaba con una revista Nueva y le decía a su marido que llamara una ambulancia. Me di vuelta buscando a Julio. Julio siempre estaba al lado de mamá cuando ella no se sentía bien. Julio no estaba en la habitación de los Menéndez y tampoco venía detrás mío. Julio no estaba donde debía estar. 
Volví por el pasillo hasta el living. Julio estaba sentado a oscuras en el sillón de dos cuerpos con la cabeza entre las manos y los codos sobre las rodillas. Detrás de él estaba el arbolito de Navidad con el adorno de los renos brillando por la luz de la ambulancia. 

13 de julio de 2015

Los pasos de la costumbre


Estoy tirada en el suelo, con la cabeza metida debajo del sommier, tratando de cazar una pelusa que se escabulle de la punta de la aspiradora nueva. Está allá lejos, a 1.25 metros de mi mano. Está agarrada a la pata de la cama y no se suelta. Ella no acepta su fatal destino y yo no acepto que una pelusa me vaya a vencer. Esta es mi casa y ninguna pelusa me va a ganar. 
Salgo de abajo de la cama victoriosa, con la frente transpirada, y le sonrío a mi gata que mira la secuencia con curiosidad, desde la comodidad de mi almohada. A esta altura más suya que mía. 
Me quedo arrodillada al lado del sommier. Me soplo el pelo que me cae sobre la cara y repaso con la mirada los rincones de la habitación en busca de polvo rebelde. Me miro y noto que tengo pegado en la ropa todo lo que acabo de limpiar.

El cansancio me vence y quedo sentada en el piso, con la espalda apoyada sobre la puerta del placard blanco. Apoyada sobre la puerta que se traba. La otra se desliza bien. Todavía no entiendo bien qué pasa, pero desde que vivo acá no he tenido tiempo de resolverlo. El disco se terminó y ahora solo escucho a la distancia el lavarropas que gira frenético en el patio. En algún momento empezará a desagotar el agua y el balde se va a rebalsar. El agua va a correr por las baldosas y se armará un río que desembocará en la rejilla negra. Imagino, conozco ya, la secuencia. La pienso, la repaso mientras sigo ahí sentada, con la cabeza apoyada en la puerta que se traba y la mirada sobre el cuadro que colgué hace poco en la pared. Empiezo a escuchar el agua que ya chorrea por los costados del balde. Suena distinto a cualquier agua que corre porque esta tiene espuma. Desde la habitación huelo el jabón, percibo el aroma a limpio que va tomando la casa. De a poco le voy conociendo los olores. Se mezcla con el olor a aceite de la milanesa de anoche y con el perfume de las flores del patio. 

El lavarropas terminó de lavar las sábanas que reemplacé recién. La cama ya está hecha de nuevo. La frazada, estirada y tirante. Hundida solo en las partes donde acaban de pasar cuatro patitas. La cama está hecha. La miro. Recorro sus pliegues, analizo sus dobleces. La cama está hecha y no es usual. Me gusta mirarla así. Quiero disfrutar de este rato que va a estar así. Imagino cuando sea de noche y me acueste. Cuando apoye la cabeza sobre la almohada fría y respire el olor a jabón en la sábana limpia. El mismo olor que percibo ahora. 

La gata se une a mí en el piso. Deja nuestra almohada y se sienta a mi lado, sobre el parquet. Mira lo que yo miro. Mira la ventana, el árbol, las flores, la pared de ladrillos a la vista del patio. Es mi primer casa con patio. Miramos la mesa de luz de madera y mármol, clásica. El contraste de estilos con el velador que tiene encima. Tan moderno, tan plateado y brilloso. La luz que le da al cuadro. El rincón no resuelto, la silla llena de ropa. 
La gatita se hace un bollito en mi falda y se duerme. La miro dormir, tan relajada. Siente lo que yo siento.
Sentimos estar en el lugar correcto. Estamos en casa.

11 de junio de 2015

Cuando te fuiste

*adaptación de un email para V.

¿Cuándo empieza un viaje? 

Creo que en la proyección misma. Cuando elegís un destino, lo marcás con un círculo rojo mental, hacés la elección y de pronto deja de ser el nombre de un sitio y empieza a tener un vínculo personal con vos. Es tuyo. Ahora te atraviesa. 

Hay una adrenalina única en el botón de comprar un pasaje, en el dinero sobre el escritorio de la agencia de turismo. El tener un boleto, una fecha, convierte el viaje en algo palpable. Ya no es un sueño, es un hecho. 

Lo empezás a palpitar en la organización. Elegís los sitios a visitar, el lugar a dónde vas a parar y armás las rutas de los paseos. Mirás fotos y te imaginás ahí, en esa esquina, delante de ese pequeño café con manteles a cuadros rojos y blancos. Cerrás los ojos y estás ahí por una fracción de segundo. La ansiedad te recorre la espalda y te da escalofríos.
Vas a estar lejos de acá. Lejos de esta rutina. Lejos. En otro lugar, con otro clima, con edificios que nunca viste y caras que jamás volverás a ver. De golpe es fácil ver lo que nos rodea desde esa perspectiva, como si ya nos hubiéramos ido. Sabemos cómo serán los días en el lugar de la rutina cuando ya no estemos. Nos dibujamos en nuestro lugar idílico mientras estamos sentados en el escritorio del trabajo y se nos dibuja una sonrisa en la cara. En tantos días yo estaré lejos y mi realidad será otra. 

El proceso tiene sus momentos de estrés. La reserva que se cae, los números que no cierran por ningún lado. Nunca cierran. Los eventos que no coinciden con las fechas, el trabajo que hay que dejar hecho, la vida que hay que congelar antes del gran escape. Los trámites. Los eternos trámites pre viaje que en algún punto te hacen sentir que te metiste en un quilombo. El miedo de volver y no poder afrontar el después. Ahí el viaje se ve lejano, imposible, en la otra punta del mundo. 
Cuando ya faltan pocos días la adrenalina, el frío por la espalda, vuelve. Son arranques de recuerdos de lo que se viene. Estás en la cola del super, con un paquete de fideos y la rutina que atosiga. Estás haciendo lo de siempre cuando te acordás que en poco tiempo ya no estarás ahí, estarás lo suficientemente lejos como para que no te importe la cena. Vas a estar viajando. Escalofríos. Viajando lejos. El supermercado será distinto, tendrá otros productos, la música no será bachata y a tu alrededor hablarán otro idioma, tal vez otros idiomas. Escalofríos. Me voy de viaje. Cierto que me voy de viaje.
La valija te hace sentir que ya casi estás en aquel lugar. Pensar en el clima, elegir los conjuntos para ir a caminar, para asistir a eventos o salir con gente que todavía no conocés. Elegís situaciones para vivir a través de un par de prendas. Armás un cronograma con remeras y zapatos. 

Pero ¿cuándo empieza, entonces, el viaje? 


En el 32 C, ventanilla. Cuando sentís el asiento mullido y creés que esa comodidad que tenés ahora va a permanecer 12 horas de vuelo. Cuando todavía no te importa tener las rodillas en la pera. Cuando ya no importa más nada lo que se queda, lo que no hiciste, lo que te olvidaste de traer y los que faltó saludar. 
Por la ventanita ovalada se ve el ala del avión con sus luces que ya titilan. Detrás, borrosa, se ve la pista iluminada. Ilumina el camino del escape, del momento más deseado. Se escuchan los sonidos, las puertas y bodegas que se cierran, las recomendaciones de seguridad, el capitán que te recibe, te dice la temperatura, la hora y el destino: tu destino. Tuyo y de nadie más. 
El motor se enciende y las turbinas empiezan a girar. Ya no hay vuelta atrás. Queda un solo vínculo con lo actual: el asfalto. Es que cuando el avión acelere por la pista iluminada, se te pegue la espalda al asiento por la fuerza de la velocidad, vas a sentir de nuevo la adrenalina que te recorre. Los escalofríos de nuevo. Ahí, en ese preciso instante, en ese segundo, cuando ya no sientas las ruedas girar sobre nada, cuando ya no toquen el cemento del piso, cuando ya no haya nada que se interponga más que el aire, el tiempo y la distancia, ahí te fuiste. Ahí ya estás de viaje.

19 de mayo de 2015

El problema con vos


¿Sabés qué pasa?

¿Sabés qué es lo que me da más bronca de todo esto? No es que todavía piense en vos, porque en general todo me recuerda a tu persona. Las esquinas, nuestras esquinas. La de tu laburo, la del mío, la del parque en la que nos encontrábamos para ir a caminar. Extraño, un poco, tal vez más que un poco, los besos en esas veredas, los besos de los encuentros. La intensidad dependiendo la cantidad de horas que hacía que no nos veíamos.
El otoño me hace acordar a vos. Cuando me hacías flores con las hojas de colores y me las ponías detrás de la oreja. Las verdulerías me hacen acordar a vos. Tu lugar favorito en el mundo. Eran como una juguetería para vos. Probar esa cantidad de combinaciones de frutas y verduras extrañas. El entusiasmo por inventar nuevas mezclas. Lo raro me hace acordar a vos.
La cama me hace acordar a vos. No a las horas acostados, sino a cuando la compramos. Que no pasaba por el marco de la puerta y sugeriste, en serio, cortarle un pedazo con la moladora porque te resistías a la idea de volverla a bajar 8 pisos y subirla por soga. El capricho me hace acordar a vos. 
Mi mamá me hace acordar a vos. Porque te nombra cada dos por tres. Te extraña. Ella te extraña.

Pero no es eso, en serio. Creéme que no me importa todavía acordarme de vos. A esta altura ya me acostumbré a vivir pensando en vos. Lo que no me gusta es pensar en música y pensar en vos. Ahí está el problema. 
Es que en las cosas nuevas encuentro la liberación. En los bares a los que no fui con vos, en las actividades que conocí después de vos. Ahí no estás. No estás en las películas que salieron después de vos, tampoco estás en la gente que conocí ni en los viajes que hice. No estás. En esos momentos te vas. Como hiciste. Pero la música es un problema. El problema. Son los discos lo que te traen de nuevo. Los nuevos. Las bandas que descubro, esos sonidos que no tienen asociación con vos. La música que llegó cuando vos ya te habías ido. No tiene relación con vos, no es parte de nuestra historia, pero igual me hace acordar a vos.
Me acostumbré a vivir con vos así ahora que no estás. Me acostumbré a todo lo que falta desde que no estás. Desde que te fuiste. Todavía sigo yendo a la misma verdulería que íbamos juntos, llevada por la costumbre, por el recuerdo, porque seguís acá, de alguna forma. No busco encontrarte, no espero cruzarte, no quiero verte.
Pero qué bronca cuando escucho una banda nueva y quiero irme hasta el fin del mundo solo para escucharla con vos. 

6 de abril de 2015

El Paula

Tres o cuatro. No más. Un Carolina Herrera que me compró papá en un freeshop, un Lancôme que me regaló mi vieja para un cumpleaños de esos de edades importantes, tipo quince, dieciocho o veintiuno. Debe haber sido para el de veintiuno. Seguro. Sino no habría durado tanto. Y un Tommy Hilfiger, mi primer perfume importado. Tal vez haya uno más que ahora no me estoy acordando, pero creo que ese es todo mi historial.
Tengo otros, claro, los que uso diariamente. Que consumo como café o papel higiénico. Duran, como mucho, una temporada. Después voy y elijo otro, alterno las fragancias, pruebo cosas nuevas, total solo son unos meses. Son para oler bien delante del gerente, del entrevistado, para que no se me note el día encima en la última clase de la facultad a la noche. Son, eran, también, para vos.

Me acuerdo del Paula. Me acuerdo porque me lo compré la tarde que al fin dejaste de dar vueltas y me invitaste a salir. Fue una coincidencia algo forzada. Me había quedado sin perfume, iba a patear la compra hasta cobrar, pero apareciste con un plan nocturno y tuve que endeudarme para aromar la cita. Estuve un rato en la góndola probándome olores. Iba y venía comprando más cosas, esperando que entraran en la piel, adivinando cuál era cuál y viendo cómo cambiaban al estar en contacto conmigo. Me decidí por el Paula porque era fresco, casi otoñal, como esa noche de marzo. 


Cuando me perfumé por primera vez para vos no lo pensé, pero a medida que el tiempo juntos tomó un rumbo, a medida que la botellita empezó a reducirse en contenido, me di cuenta que había elegido un olor mío para vos. Quería que lo asociaras solo conmigo, que cuando lo sintieras y yo no estuviera te hiciera acordar solo a mí. Era el aroma que dejaba en tu almohada, en tu auto al bajarme. Era el que me sentías cuando me venías a buscar al trabajo. Me había preparado una versión de cartera, una que tenía siempre lista por si te veía de improviso. Veinte minutos antes de tenerte con la cara en el cuello me ponía un poco, para que cuando me abrazaras el Paula se mezclara con el shampoo y todo junto fuera el perfume del encuentro.

Lo nuestro se evaporó casi al mismo tiempo que los 100 ml del Paula se terminaron. Con el cambio de temporada vinieron otros perfumes, otros aromas destinados, otras fragancias en la cartera. No volví al Paula.   

Tres o cuatro, no más, siguen siendo los importados, y continúa la rotación de los perfumes diarios. Otra vez se terminó. De nuevo me paseo con fragancias mezcladas en el brazo, apestando las góndolas con un mix de perfumes mientras compro algodón y espero que los poros decidan mi próxima fragancia. Me cruzo con el Paula. En su cajita dorada, de perfecta simetría y letras cursivas. Encima hay un probador al que le quedan unas gotas. La curiosidad, producto del olvido, me lleva a rociarlo en el antebrazo, entre un Lucy Anderson y andá a saber qué otro.
Lo huelo y el recuerdo vuelve, fresco como si nunca se hubiera ido. Como si los otoños no hubieran pasado. Ahí está. Es mi olor para vos. El que fue mi olor con vos.